Especialistas destacan que el éxito electoral sobre Flávio Bolsonaro respondió a una convergencia de medidas gubernamentales, movilización descentralizada y una estrategia que superó la polarización tradicional.
Por Camila Modanez
Brasil, 29 de octubre de 2026. – En los últimos días, se ha hablado mucho sobre el papel de André Janones en la victoria de Lula. Y no es para menos. El Exército do Lula se convirtió en uno de los mayores fenómenos de movilización digital de estas elecciones, reuniendo a más de 10 millones de personas en un canal de WhatsApp y demostrando la fuerza de organizar seguidores en torno a acciones coordinadas. Janones tuvo mérito, y mucho. Pero existe un riesgo en convertir el éxito de una iniciativa en la explicación de una elección entera.
La victoria de Lula fue resultado de una combinación mucho más compleja de factores. No se trata de calcular cuántos votos produjo cada iniciativa, porque no tenemos datos suficientes para hacerlo, sino de comprender cómo diferentes fuerzas políticas y sociales actuaron para construir el resultado. Algunas formaron parte de la estrategia oficial de campaña, otras surgieron de movimientos autónomos y otras ni siquiera pertenecían al campo político de Lula.
Empecemos por lo que muchas veces queda en segundo plano en los análisis sobre comunicación electoral: los resultados concretos de gobierno. Lula llegó a la disputa con medidas que impactaban directamente en la vida de la población, como la ampliación de la exención del Impuesto a la Renta para quienes ganan hasta R$ 5.000 mensuales, vigente desde principios de año, y el aumento del Bolsa Família en octubre. En la recta final, también anunció medidas contra las apuestas online y una propuesta de condonación de deudas para microemprendedores. Eran logros e iniciativas que ofrecían a la campaña argumentos que iban más allá de las promesas electorales.
El fin de la jornada laboral 6×1, de seis días de trabajo por uno de descanso, fue otro elemento importante. Una reivindicación que nació de la movilización social, conquistó el apoyo mayoritario de la población y se transformó en una decisión del Congreso a pocos días de la segunda vuelta. Más que una propuesta de campaña, era una demanda concreta de la clase trabajadora que había ganado fuerza en las calles y en el debate público.
Pero una de las características más destacadas de estas elecciones fue la capacidad de movilización que se desarrolló mucho más allá de las estructuras oficiales de campaña.
Con sus propias elecciones resueltas en la primera vuelta, parlamentarios de diferentes estados pusieron sus redes, equipos y estructuras territoriales al servicio de Lula. Liderazgos como Erika Hilton, Guilherme Cortez, Ana Elisa y tantos otros comenzaron a organizar actividades, producir contenidos y convocar a sus públicos. La campaña nacional se multiplicó en miles de iniciativas locales, cada una con su propio lenguaje, sus vínculos y su capacidad de movilización.
Los estudiantes también tuvieron un papel importante. Apenas terminó la primera vuelta, ocuparon calles y universidades en diferentes regiones del país, protagonizando manifestaciones que ayudaron a demostrar la disposición de parte de la juventud a participar activamente en la disputa. Al mismo tiempo, comunidades de fans de artistas, los llamados fandoms, superaron rivalidades y construyeron una movilización propia, con equipos de comunicación, producción de contenidos, traducción y acciones para conquistar votos. Estos movimientos demostraron que la participación política puede surgir de espacios que originalmente no fueron creados para hacer política.
Otro ejemplo fue la movilización de los electores mayores de 70 años. En un grupo etario en el que el voto es voluntario y la abstención históricamente elevada, Geração Lula actuó desde la primera vuelta, organizando comunidades digitales, produciendo contenidos y estimulando la participación electoral. La iniciativa ganó todavía más visibilidad entre las dos vueltas, cuando sus mensajes comenzaron a circular ampliamente en las redes sociales. La caída de 9,7 puntos porcentuales en la abstención de este electorado durante la primera vuelta reforzó la importancia de prestar atención a un segmento que muchas campañas suelen dejar en segundo plano. No es posible atribuir esa reducción a una iniciativa específica, pero el trabajo realizado demuestra la relevancia de las estrategias dirigidas a públicos con características propias.
La ampliación del diálogo también superó las fronteras tradicionales del campo progresista. La iniciativa Direita com Lula, junto con diversos sitios web, perfiles y contenidos producidos en las redes sociales, buscó dialogar con electores que se identificaban con la derecha, pero rechazaban al bolsonarismo. El apoyo de figuras como Soraya Thronicke también mostró que la disputa no estaba limitada a la división tradicional entre izquierda y derecha. Para una parte del electorado, votar por Lula no significaba necesariamente adherir a su proyecto político, sino rechazar la alternativa representada por Flávio Bolsonaro.
En el campo de la comunicación, la campaña oficial también experimentó cambios importantes. Después de la primera vuelta, Lula adoptó un lenguaje más espontáneo en las redes, con videos grabados por él mismo con su celular, mensajes más directos y una mayor disposición a convocar a la militancia. La reorganización de la estrategia digital, con la participación de Rafael Fonteles y Camilo Santana, contribuyó a una comunicación más ágil y cercana al lenguaje cotidiano de las plataformas.
Fuera de los canales oficiales, otras iniciativas ampliaron el alcance de la disputa. Revelando, que ya venía actuando antes de la segunda vuelta, difundió denuncias y cuestionamientos sobre el bolsonarismo que acumularon cientos de millones de visualizaciones, movilizando a artistas y personalidades mediante formatos propios de las redes sociales. Su repercusión demostró cómo iniciativas independientes pueden disputar la agenda pública y llevar determinados temas a audiencias muy amplias.
También fue importante la participación de personalidades que no forman parte del universo tradicional de la militancia política. Los videos de Angélica y Ana Maria Braga alcanzaron millones de visualizaciones y llevaron mensajes sobre democracia, respeto y responsabilidad a públicos que no siempre siguen el debate electoral. Incluso sin declarar explícitamente su voto, como en el caso de Ana Maria, la elección de los temas, el contexto y la forma de posicionarse permitían una lectura política bastante clara. En una elección polarizada, hablar con quienes están fuera de la propia burbuja puede ser tan importante como movilizar a quienes ya están convencidos.
Y existe otro factor frecuentemente subestimado en los análisis electorales: el comportamiento de los adversarios. La postura de Flávio Bolsonaro en los debates, marcada por ataques personales y episodios que tuvieron repercusiones negativas, también pasó a formar parte de la disputa de narrativas. Al mismo tiempo, la derecha no logró unificarse por completo alrededor de su candidatura. Renan Santos, que había conquistado una porción relevante de los votos en la primera vuelta, no declaró su apoyo a Flávio y mantuvo sus críticas al candidato. Las encuestas de intención de voto indicaban que una parte significativa de su electorado no tenía previsto acompañar a Flávio en la segunda vuelta.
Es en este escenario donde debemos comprender el fenómeno Janones. Su gran mérito no fue simplemente reunir a millones de seguidores, sino crear una dinámica de participación. Al distribuir misiones, establecer una rutina de convocatorias y transformar mensajes en tareas, el Exército do Lula recuperó un principio fundamental de la movilización política: las personas organizadas tienen una capacidad de acción mucho mayor que los individuos que simplemente consumen contenido.
Janones fue uno de los grandes protagonistas de la recta final. Pero no actuó solo, así como ninguna de las otras iniciativas, por sí misma, explica la victoria. Lo que vimos fue una convergencia de fuerzas que actuaron en diferentes espacios, dialogaron con públicos distintos y contribuyeron de diferentes maneras a la disputa electoral.
Tal vez esa sea una de las principales lecciones de estas elecciones. En un ambiente político cada vez más concentrado en la búsqueda del próximo video viral, del influencer más poderoso o de la estrategia digital milagrosa, corremos el riesgo de olvidar que las elecciones siguen disputándose entre personas, intereses, identidades, organizaciones y relaciones sociales.
Las campañas no ganan únicamente porque logran comunicar un mensaje a millones de personas. También dependen de su capacidad para construir alianzas, movilizar a diferentes sectores de la sociedad y transformar el apoyo político en participación concreta. Y no toda movilización nace de una decisión del comando central: muchas veces, su mayor fuerza está justamente en la capacidad de las personas y organizaciones de hacer propia una disputa y actuar por iniciativa propia.
Reconocer el mérito de Janones es importante. Convertirlo en el único responsable de la victoria, además de ignorar a tantos otros protagonistas, empobrece nuestra comprensión de lo que realmente ocurrió.
Porque la victoria de Lula no fue solo obra de Janones. Y comprenderlo es fundamental para entender no solo estas elecciones, sino la propia fuerza de la organización política.
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*Camila Modanez es consultora en estrategia digital y movilización política, con más de diez años de experiencia en campañas electorales y movimientos sociales en América Latina. Es investigadora del Grupo de Estudios e Investigaciones en Seguridad Internacional (GEPSI-UnB) y cursa una especialización de posgrado en Estrategia y Liderazgo Político en la FESPSP. Escribe sobre comunicación política, comunidades digitales, democracia y soberanía tecnológica.
